Recuerdo el primer día de clases; fue una experiencia interesante empezar a conocer nuevas personas, sin embargo, existía una barrera en mi cabeza con respecto a la población estudiantil. Pensaba que la mayoría de personas eran chiquitos de papi y mami y que me costaría interactuar con la gran parte de la clase. Al cabo de un par de meses, me he dado cuenta de que lo que tenía en mi mente era un estereotipo infundido por comentarios de conocidos, claro que existen pipis en todas las clases, pero también he tenido el gusto de conocer personas que se muestran con humildad, genuinas y amigables, por lo cual he cambiado de parecer y en vez de ver el vaso medio vacío, ahora lo veo medio lleno.
Dicho dato evidencia que somos seres con riqueza cultural, dependiendo del enfoque brindado por cada quien. Y es que se presentan de tantas formas estas manifestaciones de diversidad, por ejemplo: El compañero rockero, de pelo largo que, por su aspecto físico, se pensaría que es introvertido, solitario y uraño, mas él refleja una energía y proactividad que pocos poseen en la clase. Ejemplos como este nos encontramos en cada salón de clase; lo rescatable es que no importan los prejuicios cuando verdaderamente buscamos enriquecernos de la diversidad cultural en el lugar donde interactuemos con los demás.
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